viernes, diciembre 31, 2010
martes, diciembre 14, 2010
ANTE LA REALIDAD
Después de casi doce años cumplidos, el sector del país que no la veía y el que si la percibía o vislumbraba, se encuentra ante la realidad incontestable que algunos, ilusos o ciegos, no creían o no querían ver: tenemos en nuestra Patria el cáncer político funesto que se llama totalitarismo, y lo hemos contraído en una de sus peores expresiones como lo es la comunista. ¡Cuántos, en el pasado reciente, respondían las alarmas sobre la gravedad de lo que nos amenazaba con benévolas sonrisas de compasión o lástima! Y era, tal, la mejor respuesta, pues muchas veces era burla, descalificación y hasta insulto. Nadie puede ya negar lo que es hoy tan evidente como la luz solar.
Hace poco, por esta vía amenazada por el régimen, recibí mensaje amigo que recordaba el pensamiento de ese gran venezolano y demócrata que fue Rómulo Betancourt, en aquellos tiempos también difíciles para el desarrollo de la democracia en nuestro país: 1954.
Decía entonces y desde su exilio Betancourt:
"no nos queda como posible sino la acción popular de masas, constante, valiente, perseverante. Esa acción debe ser conducida hacia una encrucijada en que ya no sea tolerable por el país la existencia de un régimen de usurpación, y la cólera popular se exprese en forma tan avasallante que ya no puedan detenerla las bayonetas".
Betancourt veía entonces muy claro cuando, en aquellos tiempos la situación era similar a la presente en lo militar. Pero el llamado de Betancourt apuntaba, exactamente, hacia donde debemos trabajar con ahinco y perseverancia los venezolanos de hoy. Lo que nos amenaza ya podemos palparlo como un hecho que se cumplirá irremisiblemente. No nos queda sino resistir. Como bien lo dijo entonces Betancourt, también ahora no nos queda como posible sino la acción popular a través de las múltiples expresiones que ésta puede asumir.
Es ahora cuando de verdad comenzamos, porque es sólo ahora cuando no podremos evitar ver la dura verdad y enfrentarla con gran coraje.
¡BASTA YA!
Hace poco, por esta vía amenazada por el régimen, recibí mensaje amigo que recordaba el pensamiento de ese gran venezolano y demócrata que fue Rómulo Betancourt, en aquellos tiempos también difíciles para el desarrollo de la democracia en nuestro país: 1954.
Decía entonces y desde su exilio Betancourt:
"no nos queda como posible sino la acción popular de masas, constante, valiente, perseverante. Esa acción debe ser conducida hacia una encrucijada en que ya no sea tolerable por el país la existencia de un régimen de usurpación, y la cólera popular se exprese en forma tan avasallante que ya no puedan detenerla las bayonetas".
Betancourt veía entonces muy claro cuando, en aquellos tiempos la situación era similar a la presente en lo militar. Pero el llamado de Betancourt apuntaba, exactamente, hacia donde debemos trabajar con ahinco y perseverancia los venezolanos de hoy. Lo que nos amenaza ya podemos palparlo como un hecho que se cumplirá irremisiblemente. No nos queda sino resistir. Como bien lo dijo entonces Betancourt, también ahora no nos queda como posible sino la acción popular a través de las múltiples expresiones que ésta puede asumir.
Es ahora cuando de verdad comenzamos, porque es sólo ahora cuando no podremos evitar ver la dura verdad y enfrentarla con gran coraje.
¡BASTA YA!
miércoles, octubre 06, 2010
¡CUÁNDO ES TARDE! EL DRAMA DE NUESTRA DEMOCRACIA
En Venezuela, la democracia siempre ha sido criatura agonizante. A lo largo de nuestra historia de Nación libre, en los breves tiempos cuando ha sido concebida, esa existencia es tan delicada, débil y precaria, como las de tantos de nuestros niños pobres, permanentemente bajo amenazas insuperables de hambre y enfermedades endémicas. A lo largo del siglo XIX, señeros progenitores, plenos de virtudes y valores, se estrellaron ante la socarronería hecha de astucias y disimulos, de insustancialidad e informalidad, propia de oscuros caudillos sibilinos que emergían con apariencias de importantes. Los múltiples “ismos” –expresión tribal en la idea de Don Mario Briceño Iragorry-- que éstos generaron para inundar nuestra vida política y ahogar en fango inmundo nuestras esperanzas democráticas, con raras y breves excepciones, coparon ese triste siglo pleno de horrores y miserias.
Iniciamos la siguiente centuria con, al frente de inexistente Estado, el –hasta entonces--más protervo de cuantos habían asumido esa supuesta tan alta responsabilidad. Enfermo de lujuria que lo condujera a la muerte, hubo de dejar su cargo en manos del Compadre, cuya conducta y fuerza se presentaba, para honestos ilusos de entonces, como verdadera alborada. Y fue, precisamente, Alborada, el nombre escogido para bautizar una revista fundada, el 31 de enero de 1909, por Rómulo Gallegos, Enrique Soublette y otros jóvenes idealistas intelectuales venezolanos. Pero muy pronto se esfumaron tales ilusiones, mas una realidad --no menos cruel pero distinta-- comenzó la apertura de nuevo camino. Al fin y al cabo, Gómez, fenómeno telúrico como se le ha llamado, dejó fundado el Estado Moderno venezolano y supo escoger, para gobernar, las expresiones venezolanas más altas en conocimientos de las ciencias que concurren en apoyo de la orientación de los Estados.
Fallecido el tirano telúrico --sería por intervención feliz de la Providencia-- el país quedó bajo el mando equilibrado, sensato y democráticamente inspirado del General Eleazar López Contreras. De no haber sido así, todo lo que después operó para que se estableciera el ejercicio democrático en el gobierno y la política de esta Nación generosa, hubiese fracasado. Medina Angarita, con propio estilo y más moderna orientación, continuó la obra edificadora de su antecesor. El 18 de octubre de 1945, en mi particular modo de ver, se cortó ese primer camino hacia la democracia que se había iniciado con López y reforzado con Medina. Es cierto que el proceso democratizador avanzaba lentamente; es cierto, también, que el fantasma del gendarme innecesario acechaba de regresión desde logias militares. Es cierto, además, que los civiles que participaron en ese golpe de Estado, impusieron sus condiciones a los conspiradores uniformados. Ciertamente, ocurrió la fatalidad de la enfermedad del Doctor Escalante, así como la equivocación política con la candidatura que le reemplazara.
Creo, con todo, que de parte de la gente de Acción Democrática, así como en la intención de varios militares respetuosos de los derechos y de las exigencias de una democracia verdadera, obró una suerte de proceder impulsado por pulsiones de urgencias democráticas medio desesperadas.
El derrocamiento de Don Rómulo Gallegos, destruyó lo que quedaba del primer camino e hizo imposible lo poco avanzado en el segundo, que fue el del Trienio. La consecuencia fue un nuevo retroceso, en verdad no al siglo XIX, pero si a la tradicional y trágica hegemonía de lo militar. El vil asesinato del Coronel Carlos Delgado Chalbaud abrió la ruta de otra dictadura uniformada. Eso si --y hay que reconocerlo-- con amplia y moderna visión, para aquel tiempo, del crecimiento y desarrollo económico de la Nación venezolana: se dejó de pensar en El Dorado, como lo hacían los omaguas de la Alta Amazonia, para explotar todas las riquezas y posibilidades de esta tierra agraciada, en función de un verdadero desarrollo pero concebido, sólo, en su aspecto material, mas no en el humano.
Entonces, el 23 de enero de 1958, se abrió lo que podríamos denominar el tercer camino. Los demócratas --gobernantes y opositores durante el Trieno-- llegaron a esta fecha cargados de experiencias y madurez. La primera muestra de ello fue el Pacto de Puntofijo. La izquierda marxisto-comunista de Venezuela no ha logrado entender --y tengo la convicción de que nunca entenderá-- el significado de este Pacto. Y no lo entenderá, simplemente, porque carecen de indispensables requerimientos para poder hacerlo: aceptar y sostener el determinante valor de la Verdad en la vida política, social y personal; aceptar y reconocer los propios errores y los aciertos de los adversarios políticos; aceptar, reconocer --y actuar en consecuencia-- que el Norte de la política es el alcance del Bien Común General que significa la buena vida humana de todos, incluyendo partidarios y adversarios políticos. Finalmente, aceptar que es falso que el ejercicio de la política sea igual al de la guerra, valga decir, que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (von Clausewitz), así como, también lo es, que la esencia de la política sea “la confrontación amigo-enemigo” (Karl Schmitt).
El nuevo resurgir de nuestra democracia, desde el 23 de enero, ocurrió en el saco uterino del populismo, fenómeno que, en nuestra expresión latinoamericana, es común a todos nuestros países, pues procede de nuestro común proceso de formación como pueblos. Desde luego, no puede ser éste espacio adecuado para exponer esa condición. Lo que si se puede decir es que el populismo latinoamericano está destinado, de manera irremediable, a padecer crisis de agotamiento, tanto en lo económico como en lo socio-político (fenómenos que pueden presentarse separados pero que se inter-influencian inmediatamente), dado que el origen del populismo descansa en la formación de alianzas entre sectores antagónicos de las sociedades, que se complementan mutuamente para llevar la conducción de los Estados.
Nuestra democracia venezolana tuvo quince años de constante ascenso: entre 1959 y 1973. Ascenso político, ascenso económico, ascenso institucional, ascenso educativo, cultural, social y ciudadano. En dicho lapso, ese ascenso tuvo, como las grandes orquestas en su desarrollarse, grandes conductores: destacan las figuras y obras de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera, para mencionar quienes, sin dudas, son las mas conspicuos; pero abundaron otras figuras muy significativas.
El período 1974-1983 adoleció de graves errores que, principalmente, fueron de naturaleza económica. Pese a la gran importancia que en esos años tuvo el petróleo como fuente de ingresos para el país, pero no se previó --porque no se pensaba como posible-- que decayera esa tendencia de crecimiento constante. El país todo se creyó rico y, así, se despreciaron propuestas como las de Juan Pablo Pérez Alfonso y otros más, de ahorrar lo obtenido en la época de las “vacas gordas”, para contar con ello cuando llegara las de las flacas. El famoso “viernes negro” de febrero de 1983, fue día del tardío campanazo de alarma.
La siguiente década, 1984-1993, profundizó los problemas generados en la anterior. El sistema vio balancearse sus bases; la confrontación entre los partidos políticos y dentro de ellos creció en dimensiones y gravedad; la crisis económica se completó con la social. Mientras, los que operan en las sombras, desde los años 70, pulían sus instrumentos de ataque y destrucción. Tres intentos de golpes de Estado fracasados en la década de los 80, en los que participaron muchos infiltrados que venían de las subversiones castristas de los 60, no llevaron a sus autores a deponer sus ambiciones, sino a intentarlo de nuevo cuando todos ellos tuvieran comando efectivo de tropas. Es decir, grados de tenientes coroneles. Tales fueron los fracasados intentos de 1992, signados con el tristemente célebre“ por ahora”.
Llegamos a 1998. Los venezolanos eligieron, en noviembre de ese año, un nuevo Congreso de la República. Ese cuerpo, en el cual la oposición al Presidente electo en los comicios de diciembre tenía amplia mayoría, entregó mansamente sus poderes al nuevo mandatario. La fenecida Corte Suprema de Justicia aceptó, con el rechazo de la inmensa mayoría de los juristas del país, la convocatoria inconstitucional a una Asamblea Nacional Constituyente mediante un inexistente referendo consultivo, pues no estaba previsto en la entonces vigente Constitución. Y allí comenzó el calvario que Venezuela ha venido padeciendo en ya casi doce años de demolición despiadada de todas las instituciones de la vida civilizada y democrática en el país.
Año tras año, acudimos los venezolanos --como lo hacen engañados cerdos salvajes a falsos comederos-- a comicios sin garantías algunas de que no se apliquen mecanismos de fraudes, ni que se respeten leyes y disposiciones legales, ni haya un cuerpo electoral confiable, ni se entreguen los registros del llamado REP, ni se cuenten públicamente los votos. Comicos en lo que se cambian al gusto del único consumidor los circuitos electorales en los que grupos ganadores resultan ser derrotados; que se “pulvericen” partidos sin testigos de mesa, mientras los representantes de la que llamo “leal oposición a su majestad” guardan silencios de difuntos, para que “el pueblo” siga esperando, con sus velas encendidas, como multitud de vírgenes necias.
Compatriotas: ¿A dónde vamos? ¿A dónde queremos llegar? ¿Es el fondo del infierno terrestre lo que esperamos? Porque el celeste nos lo ganaremos, diciendo lo que justificó Uslar Pietri, por pendejos.
¿Haremos algo, nosotros, por esta bendita tierra de gracia? ¡Cuándo, es tarde!
Iniciamos la siguiente centuria con, al frente de inexistente Estado, el –hasta entonces--más protervo de cuantos habían asumido esa supuesta tan alta responsabilidad. Enfermo de lujuria que lo condujera a la muerte, hubo de dejar su cargo en manos del Compadre, cuya conducta y fuerza se presentaba, para honestos ilusos de entonces, como verdadera alborada. Y fue, precisamente, Alborada, el nombre escogido para bautizar una revista fundada, el 31 de enero de 1909, por Rómulo Gallegos, Enrique Soublette y otros jóvenes idealistas intelectuales venezolanos. Pero muy pronto se esfumaron tales ilusiones, mas una realidad --no menos cruel pero distinta-- comenzó la apertura de nuevo camino. Al fin y al cabo, Gómez, fenómeno telúrico como se le ha llamado, dejó fundado el Estado Moderno venezolano y supo escoger, para gobernar, las expresiones venezolanas más altas en conocimientos de las ciencias que concurren en apoyo de la orientación de los Estados.
Fallecido el tirano telúrico --sería por intervención feliz de la Providencia-- el país quedó bajo el mando equilibrado, sensato y democráticamente inspirado del General Eleazar López Contreras. De no haber sido así, todo lo que después operó para que se estableciera el ejercicio democrático en el gobierno y la política de esta Nación generosa, hubiese fracasado. Medina Angarita, con propio estilo y más moderna orientación, continuó la obra edificadora de su antecesor. El 18 de octubre de 1945, en mi particular modo de ver, se cortó ese primer camino hacia la democracia que se había iniciado con López y reforzado con Medina. Es cierto que el proceso democratizador avanzaba lentamente; es cierto, también, que el fantasma del gendarme innecesario acechaba de regresión desde logias militares. Es cierto, además, que los civiles que participaron en ese golpe de Estado, impusieron sus condiciones a los conspiradores uniformados. Ciertamente, ocurrió la fatalidad de la enfermedad del Doctor Escalante, así como la equivocación política con la candidatura que le reemplazara.
Creo, con todo, que de parte de la gente de Acción Democrática, así como en la intención de varios militares respetuosos de los derechos y de las exigencias de una democracia verdadera, obró una suerte de proceder impulsado por pulsiones de urgencias democráticas medio desesperadas.
El derrocamiento de Don Rómulo Gallegos, destruyó lo que quedaba del primer camino e hizo imposible lo poco avanzado en el segundo, que fue el del Trienio. La consecuencia fue un nuevo retroceso, en verdad no al siglo XIX, pero si a la tradicional y trágica hegemonía de lo militar. El vil asesinato del Coronel Carlos Delgado Chalbaud abrió la ruta de otra dictadura uniformada. Eso si --y hay que reconocerlo-- con amplia y moderna visión, para aquel tiempo, del crecimiento y desarrollo económico de la Nación venezolana: se dejó de pensar en El Dorado, como lo hacían los omaguas de la Alta Amazonia, para explotar todas las riquezas y posibilidades de esta tierra agraciada, en función de un verdadero desarrollo pero concebido, sólo, en su aspecto material, mas no en el humano.
Entonces, el 23 de enero de 1958, se abrió lo que podríamos denominar el tercer camino. Los demócratas --gobernantes y opositores durante el Trieno-- llegaron a esta fecha cargados de experiencias y madurez. La primera muestra de ello fue el Pacto de Puntofijo. La izquierda marxisto-comunista de Venezuela no ha logrado entender --y tengo la convicción de que nunca entenderá-- el significado de este Pacto. Y no lo entenderá, simplemente, porque carecen de indispensables requerimientos para poder hacerlo: aceptar y sostener el determinante valor de la Verdad en la vida política, social y personal; aceptar y reconocer los propios errores y los aciertos de los adversarios políticos; aceptar, reconocer --y actuar en consecuencia-- que el Norte de la política es el alcance del Bien Común General que significa la buena vida humana de todos, incluyendo partidarios y adversarios políticos. Finalmente, aceptar que es falso que el ejercicio de la política sea igual al de la guerra, valga decir, que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (von Clausewitz), así como, también lo es, que la esencia de la política sea “la confrontación amigo-enemigo” (Karl Schmitt).
El nuevo resurgir de nuestra democracia, desde el 23 de enero, ocurrió en el saco uterino del populismo, fenómeno que, en nuestra expresión latinoamericana, es común a todos nuestros países, pues procede de nuestro común proceso de formación como pueblos. Desde luego, no puede ser éste espacio adecuado para exponer esa condición. Lo que si se puede decir es que el populismo latinoamericano está destinado, de manera irremediable, a padecer crisis de agotamiento, tanto en lo económico como en lo socio-político (fenómenos que pueden presentarse separados pero que se inter-influencian inmediatamente), dado que el origen del populismo descansa en la formación de alianzas entre sectores antagónicos de las sociedades, que se complementan mutuamente para llevar la conducción de los Estados.
Nuestra democracia venezolana tuvo quince años de constante ascenso: entre 1959 y 1973. Ascenso político, ascenso económico, ascenso institucional, ascenso educativo, cultural, social y ciudadano. En dicho lapso, ese ascenso tuvo, como las grandes orquestas en su desarrollarse, grandes conductores: destacan las figuras y obras de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera, para mencionar quienes, sin dudas, son las mas conspicuos; pero abundaron otras figuras muy significativas.
El período 1974-1983 adoleció de graves errores que, principalmente, fueron de naturaleza económica. Pese a la gran importancia que en esos años tuvo el petróleo como fuente de ingresos para el país, pero no se previó --porque no se pensaba como posible-- que decayera esa tendencia de crecimiento constante. El país todo se creyó rico y, así, se despreciaron propuestas como las de Juan Pablo Pérez Alfonso y otros más, de ahorrar lo obtenido en la época de las “vacas gordas”, para contar con ello cuando llegara las de las flacas. El famoso “viernes negro” de febrero de 1983, fue día del tardío campanazo de alarma.
La siguiente década, 1984-1993, profundizó los problemas generados en la anterior. El sistema vio balancearse sus bases; la confrontación entre los partidos políticos y dentro de ellos creció en dimensiones y gravedad; la crisis económica se completó con la social. Mientras, los que operan en las sombras, desde los años 70, pulían sus instrumentos de ataque y destrucción. Tres intentos de golpes de Estado fracasados en la década de los 80, en los que participaron muchos infiltrados que venían de las subversiones castristas de los 60, no llevaron a sus autores a deponer sus ambiciones, sino a intentarlo de nuevo cuando todos ellos tuvieran comando efectivo de tropas. Es decir, grados de tenientes coroneles. Tales fueron los fracasados intentos de 1992, signados con el tristemente célebre“ por ahora”.
Llegamos a 1998. Los venezolanos eligieron, en noviembre de ese año, un nuevo Congreso de la República. Ese cuerpo, en el cual la oposición al Presidente electo en los comicios de diciembre tenía amplia mayoría, entregó mansamente sus poderes al nuevo mandatario. La fenecida Corte Suprema de Justicia aceptó, con el rechazo de la inmensa mayoría de los juristas del país, la convocatoria inconstitucional a una Asamblea Nacional Constituyente mediante un inexistente referendo consultivo, pues no estaba previsto en la entonces vigente Constitución. Y allí comenzó el calvario que Venezuela ha venido padeciendo en ya casi doce años de demolición despiadada de todas las instituciones de la vida civilizada y democrática en el país.
Año tras año, acudimos los venezolanos --como lo hacen engañados cerdos salvajes a falsos comederos-- a comicios sin garantías algunas de que no se apliquen mecanismos de fraudes, ni que se respeten leyes y disposiciones legales, ni haya un cuerpo electoral confiable, ni se entreguen los registros del llamado REP, ni se cuenten públicamente los votos. Comicos en lo que se cambian al gusto del único consumidor los circuitos electorales en los que grupos ganadores resultan ser derrotados; que se “pulvericen” partidos sin testigos de mesa, mientras los representantes de la que llamo “leal oposición a su majestad” guardan silencios de difuntos, para que “el pueblo” siga esperando, con sus velas encendidas, como multitud de vírgenes necias.
Compatriotas: ¿A dónde vamos? ¿A dónde queremos llegar? ¿Es el fondo del infierno terrestre lo que esperamos? Porque el celeste nos lo ganaremos, diciendo lo que justificó Uslar Pietri, por pendejos.
¿Haremos algo, nosotros, por esta bendita tierra de gracia? ¡Cuándo, es tarde!
martes, agosto 17, 2010
LOS ÚLTIMOS ONCE AÑOS
Los últimos once años de la vida venezolana, que sin dramatismo alguno bien podemos llamar trágicos, no resultan de alguna mala jugarreta del azar y menos de fuentes de la inventiva humana como lo son el destino o la mala fortuna. No. El ascenso de Hugo Chávez al poder en Venezuela, así como el del grupo de personas que le acompañó desde el primer día y las que han persistido en hacerlo sin seguir las huellas de muchos otros que, en gran número, le han venido dejando, tiene explicación en razones que son hechos y acontecimientos de nuestra historia reciente y de la historia antigua de la Nación, de los cuales la Ciencia Política puede dar cuenta con explicaciones muy bien fundadas.
El “chavismo”, en efecto, no es sino la peor y más reciente expresión, en nuestro país, de ese fenómeno social, político y económico que es el populismo en su particular expresión latinoamericana, pero tiene raíces muy profundas. Hace algunos años, para darle apoyo docente a una cátedra que dictaba en la Universidad Simón Bolívar, escribí un ensayo que titulé “El Populismo Latinoamericano”. Lo hice como trabajo del año sabático que disfruté durante 1992 y la División de Ciencias Sociales de la USB decidió publicarlo, saliendo a la luz pública en 1996 . Pero, desde que el señor Hugo Chávez ganó las elecciones en diciembre de 1998, comencé a pensar que en esa obra me había faltado un capítulo que, desde luego, no podía haber escrito puesto que no se habían producido los hechos cuyo análisis e interpretación pudiera haber recogido para escribirlo. No obstante, en el mismo trabajo y en la parte donde, siguiendo a Torcuato di Tella, establezco una clasificación de los tipos de populismo latinoamericano, quedó abierta la variante del modelo “castrista” . Esto es, la orientación iniciada por el régimen que Fidel Castro estableció en Cuba luego de haber provocado la caída de Fulgencio Batista el primero de enero de 1959 y que, de alguna manera, inspiró posteriormente, en Nicaragua, el ensayo del llamado “sandinista” gobierno revolucionario de Daniel Ortega. En esta misma casilla, con los ajustes relativos a las diferencias que existen con el régimen cubano de Fidel Castro y con la experiencia “sandinista” de Nicaragua, puede ser clasificado el intento que, “por ahora”, ha tratado de implantar el gobierno de Hugo Chávez Frías, como ensayo con finalidades totalitarias establecido a partir de procedimientos e instituciones democráticas, pero con posibilidades cada vez más difíciles para mantener tal coexistencia entre tan contradictorias orientaciones.
El Populismo en su modo latinoamericano es un fenómeno propio de América Latina. Fueron los conjuntos de determinaciones que han estado presentes en el Continente, sea en los antecedentes y en la estructuración histórica de sus Sociedades Nacionales como en su evolución política, económica y social, los factores que, a manera de causas raigales, están en la base de las manifestaciones populistas los cuales, con expresiones variadas pero con características comunes, han tenido lugar, en la mayoría de nuestros países, durante las décadas primeras e intermedias del siglo XX, sin que esto quiera decir que son ya cosa del pasado, sino que, antes por el contrario, mantienen una permanencia que significa pesado lastre para la marcha de estos pueblos hacia un desarrollo global, armónico y sostenido.
Requerido por la obligada necesidad de sintetizar que la brevedad impone, me voy a limitar a enumerar, a título ilustrativo pero no exhaustivo, algunas de dichas causas que han actuado como determinantes, si bien sabemos que sólo son condicionantes, si es que de verdad creemos en la libertad del ser humano.
ANTECEDENTES.
1) Marco general de la Sociedad hasta el siglo XIX y comienzos del siglo XX.
• Somos resultado físico geográfico y social del proceso de Conquista y Colonización ibéricos: La finalidad primera de la Conquista fue la dominación de los territorios para su explotación y no para su población. La consecuencia fue ocupación indiscriminada e irracional de vastas superficies de tierras continentales que, desde los puntos de vista económico, administrativo y político, quedaron separadas y casi aisladas entre ellas y, además, volcadas hacia lo externo con vocación centrífuga y no centrípeta.
• Somos resultado antropológico-social del mestizaje étnico y cultural que derivó de la Conquista y Colonización. En líneas generales y con las particularidades de cada territorio y de cada pueblo, somos el resultado humano de la confluencia de tres grandes vertientes principales, cada una de las cuales aportó sus propias y heterogéneas características humanas y culturales: la aborigen, la europea principalmente ibérica y la africana.
• Somos resultado político-institucional de la implantación de formas de organización institucionales y administrativas que decidieron los colonizadores. A raíz de la Independencia, les superpusimos modelos institucionales de inspiración liberal ajenos a nuestra realidad. A pesar de que no tuvieron lugar entre nosotros los cambios que en el mundo más avanzado condujeron a la emergencia de las masas, imitamos formas políticas que no eran congruentes con la diferente manifestación de dicho fenómeno en estas tierras.
• Somos resultado socioeconómico de relaciones externas e internas implantadas desde la Conquista como relaciones de dependencia, renovadas luego de la Revolución Industrial y después de la expansión del capitalismo industrial y financiero, pero sin modificación de su contenido central. Tales relaciones han determinado para nuestros países un rol de subordinación a los países industriales y consecuente emergencia de fenómenos que han revestido particulares características entre nosotros tales como: la urbanización, la industrialización, la marginalidad, el estancamiento, el atraso tecnológico, la baja productividad, la desnacionalización, la deuda.
• La forma pre-estatal Oligárquico-liberal que, en general, se estableció como modelo político después de la Independencia, conservó estructuras de poder que mantuvieron las formas del privilegio social, económico, cultural y político heredadas de la Colonia; las primitivas relaciones de producción de tipo análogo al feudal; y la organización precaria de un Estado en formación sobre la base del autoritarismo y del individualismo inherentes a la dominación patrimonial.
• Tal formación pre-estatal se caracterizó por el predominio de una oligarquía constituida por lo que quedó de la casta de los blancos criollos propietarios de las tierras agrícolas o comerciantes de los productos de exportación, más los militares de alto rango victoriosos de la guerra independentista. Generalmente, el poder nacional era la expresión político-administrativa de poderosas oligarquías regionales, origen del caciquismo-coronelismo-caudillismo propios del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
• Como las formas estatales ideadas por los libertadores se inspiraban en el pensamiento político europeo y norteamericano del fines del siglo XVIII, nuestras formas políticas fueron simples copias de modelos que, al término de un dilatado proceso de evolución histórica que duró varios siglos, habían sido concebidas para otras realidades y para otros tiempos. Implantadas en nuestro medio sin cuidar de sus incongruencias e incompatibilidades con las existentes tradicionales estructuras de dominación patrimonial de corte feudal, fueron, en buena parte, causa de esas interminables luchas intestinas por el poder y, al mismo tiempo, reforzaron las relaciones externas de dependencia y satelización.
2) Características de la población.
El pueblo venezolano, como todos los pueblos latinoamericanos, es resultado específico de la confluencia de las tres vertientes étnicas y culturales que, de manera principal, concurrieron en su formación. Desde luego, esas denominaciones supone un resumen y una gran simplificación, pues detrás de cada una se disimulan mundos de pluralidad irreductibles a una caracterización común. Decía Octavio Paz refiriéndose a México, en afirmación que es válida para todo Hispanoamérica, que en lugar de concebir la historia como un continúo lineal deberíamos verla como una yuxtaposición de sociedades distintas. Lo importante es recalcar que las tres vertientes étnicas, fuentes originarias del ser y de la cultura del subcontinente latinoamericano, se caracterizan por ser desarraigadas respecto a la realidad que constituye su entorno y que ese desarraigo , de alguna manera, está en el origen de la falta de identificación, la sensación de provisionalidad y la inseguridad que exhiben casi todos nuestros pueblos, como lo que ha de sentir quien no tiene algo propio, algo que sienta suyo y sobre lo cual pueda afirmarse con buena base para poder proyectarse hacia el futuro. En cuanto a los productos comunes de esas etnias, los mestizos, nada mejor que retomar la palabra de Octavio Paz: “no tenían lugar ni en la estructura social ni en el orden moral. Frente a dos morales tradicionales –la hispana fundada en la honra y la india fundada en el carácter sacrosanto de la familia- el mestizo era la imagen viva de la ilegitimidad. Del sentimiento de ilegitimidad brotaban su inseguridad, su perpetua inestabilidad, su ir y venir de un extremo al otro: del valor al pánico, de la exaltación a la apatía, de la lealtad a la traición. Caín y Abel en una misma alma, el resentimiento del mestizo lo llevaba al nihilismo moral y a la abnegación; a burlarse de todo y al fatalismo; al chiste y a la melancolía; al lirismo y al estoicismo” .
Por otra parte, las fuentes aborigen y africana aportaron a nuestros pueblos una concepción del tiempo que es diferente a la occidental. Una concepción cíclica y geocéntrica del tiempo que se opone a la concepción rectilínea y antropocéntrica de las civilizaciones más racionalistas. Decía Rafael Ernesto Carías que el latinoamericano “con la dejadez se ha puesto a distancia del tiempo y no le quiere dar la cara” . Otro elemento es la actitud ante el trabajo. Los indígenas y los africanos reaccionaron frente al trabajo obligado y esclavo que les impusieron los conquistadores y colonizadores. El doctor Arturo Uslar Pietri recordaba que los encomenderos no lograban hacer trabajar a los indígenas: rechazaban hacerlo sin poder entender algo que era tan normal para la mentalidad europea: “no comprendían el trabajo, tenían otra noción del tiempo, carecían del concepto de riqueza a la europea y era difícil o imposible someterlos a un horario de labor” . Por último, el elemento del poder y los mecanismos de reciprocidad propios de culturas de tribu y clanes, en las que predominaba el sistema de relaciones de parentesco. Es conocido el complicado proceso de “pruebas” al que debía someterse el aspirante a jefe o cacique de una tribu indígena. Salir exitoso de tales pruebas significaba tener las virtudes para mandar. Pero mandar, básicamente, quería decir distribuir. El excedente acumulado del trabajo común de las familias era distribuido por el jefe o cacique quien tenía esa potestad.
Con tales antecedentes, con una realidad social tan compleja y poco integrada y, en todos los sentidos tan diversificada, en medio de permanente guerra social entre estamentos irreconciliables que, entre nosotros se inició --sin solución de continuidad— desde mediados del siglo XVI, el resultado fue una nueva forma de feudalismo que caracterizó la Venezuela del siglo XIX, hecho facilitado porque la España apenas feudal (que sólo vivió menos de tres siglos de feudalismo entre la dominación visigoda y la dominación musulmana vencida en enero de 1492, año del Descubrimiento) sembró entre nosotros elementos feudales como la Encomienda y los Repartimientos, pero que, dada la ya comprobada pobreza de nuestro territorio, poco se interesó en él. De allí que los avances de la modernidad apenas fueran conocidos por el sector social privilegiado y en casi nada se tradujeron como progresos sea en la cultura o en el derecho.
Y así llegamos al siglo XX, cuando un “primo inter pares”, que eso eran nuestros presidentes, llamado Juan Vicente Gómez, acabó con éstos, llamados caudillos, y fundó nuestro Estado Moderno… Y no por Gómez, sino con él, llegó el petróleo. Y todo cambió, para bien y para mal, como bien lo sabemos.
El “chavismo”, en efecto, no es sino la peor y más reciente expresión, en nuestro país, de ese fenómeno social, político y económico que es el populismo en su particular expresión latinoamericana, pero tiene raíces muy profundas. Hace algunos años, para darle apoyo docente a una cátedra que dictaba en la Universidad Simón Bolívar, escribí un ensayo que titulé “El Populismo Latinoamericano”. Lo hice como trabajo del año sabático que disfruté durante 1992 y la División de Ciencias Sociales de la USB decidió publicarlo, saliendo a la luz pública en 1996 . Pero, desde que el señor Hugo Chávez ganó las elecciones en diciembre de 1998, comencé a pensar que en esa obra me había faltado un capítulo que, desde luego, no podía haber escrito puesto que no se habían producido los hechos cuyo análisis e interpretación pudiera haber recogido para escribirlo. No obstante, en el mismo trabajo y en la parte donde, siguiendo a Torcuato di Tella, establezco una clasificación de los tipos de populismo latinoamericano, quedó abierta la variante del modelo “castrista” . Esto es, la orientación iniciada por el régimen que Fidel Castro estableció en Cuba luego de haber provocado la caída de Fulgencio Batista el primero de enero de 1959 y que, de alguna manera, inspiró posteriormente, en Nicaragua, el ensayo del llamado “sandinista” gobierno revolucionario de Daniel Ortega. En esta misma casilla, con los ajustes relativos a las diferencias que existen con el régimen cubano de Fidel Castro y con la experiencia “sandinista” de Nicaragua, puede ser clasificado el intento que, “por ahora”, ha tratado de implantar el gobierno de Hugo Chávez Frías, como ensayo con finalidades totalitarias establecido a partir de procedimientos e instituciones democráticas, pero con posibilidades cada vez más difíciles para mantener tal coexistencia entre tan contradictorias orientaciones.
El Populismo en su modo latinoamericano es un fenómeno propio de América Latina. Fueron los conjuntos de determinaciones que han estado presentes en el Continente, sea en los antecedentes y en la estructuración histórica de sus Sociedades Nacionales como en su evolución política, económica y social, los factores que, a manera de causas raigales, están en la base de las manifestaciones populistas los cuales, con expresiones variadas pero con características comunes, han tenido lugar, en la mayoría de nuestros países, durante las décadas primeras e intermedias del siglo XX, sin que esto quiera decir que son ya cosa del pasado, sino que, antes por el contrario, mantienen una permanencia que significa pesado lastre para la marcha de estos pueblos hacia un desarrollo global, armónico y sostenido.
Requerido por la obligada necesidad de sintetizar que la brevedad impone, me voy a limitar a enumerar, a título ilustrativo pero no exhaustivo, algunas de dichas causas que han actuado como determinantes, si bien sabemos que sólo son condicionantes, si es que de verdad creemos en la libertad del ser humano.
ANTECEDENTES.
1) Marco general de la Sociedad hasta el siglo XIX y comienzos del siglo XX.
• Somos resultado físico geográfico y social del proceso de Conquista y Colonización ibéricos: La finalidad primera de la Conquista fue la dominación de los territorios para su explotación y no para su población. La consecuencia fue ocupación indiscriminada e irracional de vastas superficies de tierras continentales que, desde los puntos de vista económico, administrativo y político, quedaron separadas y casi aisladas entre ellas y, además, volcadas hacia lo externo con vocación centrífuga y no centrípeta.
• Somos resultado antropológico-social del mestizaje étnico y cultural que derivó de la Conquista y Colonización. En líneas generales y con las particularidades de cada territorio y de cada pueblo, somos el resultado humano de la confluencia de tres grandes vertientes principales, cada una de las cuales aportó sus propias y heterogéneas características humanas y culturales: la aborigen, la europea principalmente ibérica y la africana.
• Somos resultado político-institucional de la implantación de formas de organización institucionales y administrativas que decidieron los colonizadores. A raíz de la Independencia, les superpusimos modelos institucionales de inspiración liberal ajenos a nuestra realidad. A pesar de que no tuvieron lugar entre nosotros los cambios que en el mundo más avanzado condujeron a la emergencia de las masas, imitamos formas políticas que no eran congruentes con la diferente manifestación de dicho fenómeno en estas tierras.
• Somos resultado socioeconómico de relaciones externas e internas implantadas desde la Conquista como relaciones de dependencia, renovadas luego de la Revolución Industrial y después de la expansión del capitalismo industrial y financiero, pero sin modificación de su contenido central. Tales relaciones han determinado para nuestros países un rol de subordinación a los países industriales y consecuente emergencia de fenómenos que han revestido particulares características entre nosotros tales como: la urbanización, la industrialización, la marginalidad, el estancamiento, el atraso tecnológico, la baja productividad, la desnacionalización, la deuda.
• La forma pre-estatal Oligárquico-liberal que, en general, se estableció como modelo político después de la Independencia, conservó estructuras de poder que mantuvieron las formas del privilegio social, económico, cultural y político heredadas de la Colonia; las primitivas relaciones de producción de tipo análogo al feudal; y la organización precaria de un Estado en formación sobre la base del autoritarismo y del individualismo inherentes a la dominación patrimonial.
• Tal formación pre-estatal se caracterizó por el predominio de una oligarquía constituida por lo que quedó de la casta de los blancos criollos propietarios de las tierras agrícolas o comerciantes de los productos de exportación, más los militares de alto rango victoriosos de la guerra independentista. Generalmente, el poder nacional era la expresión político-administrativa de poderosas oligarquías regionales, origen del caciquismo-coronelismo-caudillismo propios del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
• Como las formas estatales ideadas por los libertadores se inspiraban en el pensamiento político europeo y norteamericano del fines del siglo XVIII, nuestras formas políticas fueron simples copias de modelos que, al término de un dilatado proceso de evolución histórica que duró varios siglos, habían sido concebidas para otras realidades y para otros tiempos. Implantadas en nuestro medio sin cuidar de sus incongruencias e incompatibilidades con las existentes tradicionales estructuras de dominación patrimonial de corte feudal, fueron, en buena parte, causa de esas interminables luchas intestinas por el poder y, al mismo tiempo, reforzaron las relaciones externas de dependencia y satelización.
2) Características de la población.
El pueblo venezolano, como todos los pueblos latinoamericanos, es resultado específico de la confluencia de las tres vertientes étnicas y culturales que, de manera principal, concurrieron en su formación. Desde luego, esas denominaciones supone un resumen y una gran simplificación, pues detrás de cada una se disimulan mundos de pluralidad irreductibles a una caracterización común. Decía Octavio Paz refiriéndose a México, en afirmación que es válida para todo Hispanoamérica, que en lugar de concebir la historia como un continúo lineal deberíamos verla como una yuxtaposición de sociedades distintas. Lo importante es recalcar que las tres vertientes étnicas, fuentes originarias del ser y de la cultura del subcontinente latinoamericano, se caracterizan por ser desarraigadas respecto a la realidad que constituye su entorno y que ese desarraigo , de alguna manera, está en el origen de la falta de identificación, la sensación de provisionalidad y la inseguridad que exhiben casi todos nuestros pueblos, como lo que ha de sentir quien no tiene algo propio, algo que sienta suyo y sobre lo cual pueda afirmarse con buena base para poder proyectarse hacia el futuro. En cuanto a los productos comunes de esas etnias, los mestizos, nada mejor que retomar la palabra de Octavio Paz: “no tenían lugar ni en la estructura social ni en el orden moral. Frente a dos morales tradicionales –la hispana fundada en la honra y la india fundada en el carácter sacrosanto de la familia- el mestizo era la imagen viva de la ilegitimidad. Del sentimiento de ilegitimidad brotaban su inseguridad, su perpetua inestabilidad, su ir y venir de un extremo al otro: del valor al pánico, de la exaltación a la apatía, de la lealtad a la traición. Caín y Abel en una misma alma, el resentimiento del mestizo lo llevaba al nihilismo moral y a la abnegación; a burlarse de todo y al fatalismo; al chiste y a la melancolía; al lirismo y al estoicismo” .
Por otra parte, las fuentes aborigen y africana aportaron a nuestros pueblos una concepción del tiempo que es diferente a la occidental. Una concepción cíclica y geocéntrica del tiempo que se opone a la concepción rectilínea y antropocéntrica de las civilizaciones más racionalistas. Decía Rafael Ernesto Carías que el latinoamericano “con la dejadez se ha puesto a distancia del tiempo y no le quiere dar la cara” . Otro elemento es la actitud ante el trabajo. Los indígenas y los africanos reaccionaron frente al trabajo obligado y esclavo que les impusieron los conquistadores y colonizadores. El doctor Arturo Uslar Pietri recordaba que los encomenderos no lograban hacer trabajar a los indígenas: rechazaban hacerlo sin poder entender algo que era tan normal para la mentalidad europea: “no comprendían el trabajo, tenían otra noción del tiempo, carecían del concepto de riqueza a la europea y era difícil o imposible someterlos a un horario de labor” . Por último, el elemento del poder y los mecanismos de reciprocidad propios de culturas de tribu y clanes, en las que predominaba el sistema de relaciones de parentesco. Es conocido el complicado proceso de “pruebas” al que debía someterse el aspirante a jefe o cacique de una tribu indígena. Salir exitoso de tales pruebas significaba tener las virtudes para mandar. Pero mandar, básicamente, quería decir distribuir. El excedente acumulado del trabajo común de las familias era distribuido por el jefe o cacique quien tenía esa potestad.
Con tales antecedentes, con una realidad social tan compleja y poco integrada y, en todos los sentidos tan diversificada, en medio de permanente guerra social entre estamentos irreconciliables que, entre nosotros se inició --sin solución de continuidad— desde mediados del siglo XVI, el resultado fue una nueva forma de feudalismo que caracterizó la Venezuela del siglo XIX, hecho facilitado porque la España apenas feudal (que sólo vivió menos de tres siglos de feudalismo entre la dominación visigoda y la dominación musulmana vencida en enero de 1492, año del Descubrimiento) sembró entre nosotros elementos feudales como la Encomienda y los Repartimientos, pero que, dada la ya comprobada pobreza de nuestro territorio, poco se interesó en él. De allí que los avances de la modernidad apenas fueran conocidos por el sector social privilegiado y en casi nada se tradujeron como progresos sea en la cultura o en el derecho.
Y así llegamos al siglo XX, cuando un “primo inter pares”, que eso eran nuestros presidentes, llamado Juan Vicente Gómez, acabó con éstos, llamados caudillos, y fundó nuestro Estado Moderno… Y no por Gómez, sino con él, llegó el petróleo. Y todo cambió, para bien y para mal, como bien lo sabemos.
miércoles, julio 28, 2010
EL FUNDAMENTAL VALOR DE LA VERDAD Y DE LOS PRINCIPIOS
EL FUNDAMENTAL VALOR DE LA VERDAD Y DE LOS PRINCIPIOS
Ante la dictadura del relativismo que se va imponiendo en el mundo, se evidencia que el tener una fe clara y saber defenderla, es la única alternativa en el tiempo presente. Esto quedó demostrado ayer, en el Hemiciclo del Palacio Legislativo, en el que se reune la Asambela Nacional cuando, en ese recinto, resonó la voz clara, firme y valerosa del Cardenal Arzobispo de Caracas, Monseñor Jorge Urosa Sabino.
Para muchos, entre los venezolanos fieles de la Iglesia Católica o no, la “invitación” recibida por el Cardenal Urosa estaba cargada de amenazantes nubarrones. Los previos y repetidos insultos proferidos por el Jefe del Estado y los repetidos dentro y fuera del Hemiciclo por quienes la sal popular ha llamado “focas”, nada bueno y sano anunciaban. Tal vez, en la mente del mismo Cardenal pasó aquella expresión de Jesús a sus discipulos que el Evangelista Marcos recoge en su Evangelio (13,9-11): “Ocúpense de ustedes mismos. Los entregarán a los tribunales, los apalearán en las sinagogas, y por mi causa comparecerán ante magistrados y reyes para dar testimonio ante él”. Y, con su fe profunda, seguramente se abandonó al Espíritu recordando lo posterior del versículo que contiene el consejo de Jesús: “Cuando los conduzcan para entregarlos, no se preocupen por lo que tengan que decir; lo que Dios les inspire en aquel momento es lo que dirán, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo”. La Iglesia no puede hacer callar el espíritu de la verdad, como lo señalara el Papa Benedicto XVI. En efecto, sólo la verdad hace que creamos en Cristo muerto y resucitado.
En este mundo de hoy, en el que reina el relativismo, es evidente que se ha producido la absolutización de la libertad, cuya principal consecuencia ha sido el independizarla de la verdad tan afectada por la reinante tendencia relativista. Este problema, de muy grave significado ético y existencial, condujo al Papa Juan Pablo II a escribir, en 1993, la Carta Encíclica “Veritatis splendor”, en la que el tema antes referido constituyó argumento capital. La doctrina de Santo Tomás de Aquino enseña que existe fundamental dependencia de la libertad respecto a la verdad, según la cual aquélla está ordenada a ésta, aparte de seguir las básicas orientaciones de la ley natural, la naturaleza humana y el objeto del acto moral.
Recordemos que la ley natural es participación, mediante la razón, del ser humano en la ley eterna que rige toda la Creación, y que se traduce, en lo que León XIII llamó (Encíclica Libertas praestantissimun) “la propia razón humana que ordena hacer el bien e intima no pecar”, pues, en el sentido de la “Veritatis splendor” de J.P.II., “porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana” y, por tanto, no existe en los seres irracionales.
Estas consideraciones son pertinentes con relación a la reunión de ayer en el Capitolio (por cierto apellidado Federal). Primero, porque el Cardenal dijo simplemente la verdad porque se lo impone su convicción y su Fe. Y segundo porque, seguramente, buena proporción de los parlamentarios asistentes ignoran estas cosas, y no se les haya ocurrido que el Cardenal dijo lo que dijo, pero que eso era mentira. No escribo lo último con ánimo descalificatorio alguno, sino, simplemente, porque sabemos que, fieles al pensamiento comunista, dicen sólo lo que conviene a los intereses del partido o de la “revolución” que, normalmente, están totalmente divorciados de la verdad.
Ante la dictadura del relativismo que se va imponiendo en el mundo, se evidencia que el tener una fe clara y saber defenderla, es la única alternativa en el tiempo presente. Esto quedó demostrado ayer, en el Hemiciclo del Palacio Legislativo, en el que se reune la Asambela Nacional cuando, en ese recinto, resonó la voz clara, firme y valerosa del Cardenal Arzobispo de Caracas, Monseñor Jorge Urosa Sabino.
Para muchos, entre los venezolanos fieles de la Iglesia Católica o no, la “invitación” recibida por el Cardenal Urosa estaba cargada de amenazantes nubarrones. Los previos y repetidos insultos proferidos por el Jefe del Estado y los repetidos dentro y fuera del Hemiciclo por quienes la sal popular ha llamado “focas”, nada bueno y sano anunciaban. Tal vez, en la mente del mismo Cardenal pasó aquella expresión de Jesús a sus discipulos que el Evangelista Marcos recoge en su Evangelio (13,9-11): “Ocúpense de ustedes mismos. Los entregarán a los tribunales, los apalearán en las sinagogas, y por mi causa comparecerán ante magistrados y reyes para dar testimonio ante él”. Y, con su fe profunda, seguramente se abandonó al Espíritu recordando lo posterior del versículo que contiene el consejo de Jesús: “Cuando los conduzcan para entregarlos, no se preocupen por lo que tengan que decir; lo que Dios les inspire en aquel momento es lo que dirán, porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo”. La Iglesia no puede hacer callar el espíritu de la verdad, como lo señalara el Papa Benedicto XVI. En efecto, sólo la verdad hace que creamos en Cristo muerto y resucitado.
En este mundo de hoy, en el que reina el relativismo, es evidente que se ha producido la absolutización de la libertad, cuya principal consecuencia ha sido el independizarla de la verdad tan afectada por la reinante tendencia relativista. Este problema, de muy grave significado ético y existencial, condujo al Papa Juan Pablo II a escribir, en 1993, la Carta Encíclica “Veritatis splendor”, en la que el tema antes referido constituyó argumento capital. La doctrina de Santo Tomás de Aquino enseña que existe fundamental dependencia de la libertad respecto a la verdad, según la cual aquélla está ordenada a ésta, aparte de seguir las básicas orientaciones de la ley natural, la naturaleza humana y el objeto del acto moral.
Recordemos que la ley natural es participación, mediante la razón, del ser humano en la ley eterna que rige toda la Creación, y que se traduce, en lo que León XIII llamó (Encíclica Libertas praestantissimun) “la propia razón humana que ordena hacer el bien e intima no pecar”, pues, en el sentido de la “Veritatis splendor” de J.P.II., “porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana” y, por tanto, no existe en los seres irracionales.
Estas consideraciones son pertinentes con relación a la reunión de ayer en el Capitolio (por cierto apellidado Federal). Primero, porque el Cardenal dijo simplemente la verdad porque se lo impone su convicción y su Fe. Y segundo porque, seguramente, buena proporción de los parlamentarios asistentes ignoran estas cosas, y no se les haya ocurrido que el Cardenal dijo lo que dijo, pero que eso era mentira. No escribo lo último con ánimo descalificatorio alguno, sino, simplemente, porque sabemos que, fieles al pensamiento comunista, dicen sólo lo que conviene a los intereses del partido o de la “revolución” que, normalmente, están totalmente divorciados de la verdad.
miércoles, abril 28, 2010
¿CONGRESO DE COMUNAS?
Este material se fundamenta en varios documentos que he recibido y que me han conducido a considerar que, definitivamente, se acerca la hora cuando, queramos o no, habremos de tomar decisiones profundas respecto a la peligrosa situación que vive nuestro país. Estamos seriamente amenazados por un régimen comunista que, habilmente, se ha venido inoculando en todas las instituciones a lo largo de estos 11últimos años transcurridos desde aquel fatídico día de diciembre cuando los venezolanos -sin tener clara conciencia de sus actos- decidimos elegir a Chávez como presidente, sin saber que su "proyecto" consistía en establecer en Venezuela el comunismo que siempre nuestro pueblo había rechazado.Nuestro país está ante la inminencia de avances gubernamentales concebidos para instalar irreversiblemente, el régimen comunista de gobierno al peor estilo de la Unión Soviética o de Cuba.
ANTECEDENTES.
Desde hace algún tiempo, venezolanos serios y valerosos han estado alertando sobre la respuesta que daría el gobierno frente al evidente hecho de una apabullante derrota electoral en setiembre próximo, la que le despojaría del principal poder público para instalar el comunismo entre nosotros: la Asamblea Nacional. Todos sabemos perfectamente bien que, después del referendo inconstitucional que fue aceptado por los extintos Congreso Nacional y Corte Suprema de Justicia en 1999, el cual, insólitamente realizado sin tener un quorum mínimo de electores, alcanzó apenas una participación del orden del 30%. Todos los posteriores procesos electorales realizados en Venezuela estuvieron siempre signados por el fraude, cuyo "perfeccionamiento" se fue desarrollando de manera progresiva ante la ocurrencia de cada nueva elección.
En diciembre del 2005, cuando se presentó la ocasión constitucional de elegir la nueva Asamblea Nacional, actualmente en ejercicio de sus funciones, el país --es decir, la casi totalidad de los venezolanos electores-- decidió abstenerse de votar. Esa decisión, rechazada por todos los partidos políticos, fue IMPUESTA a éstos por el electorado, de manera que la mayoria de sus dirigentes opositores de entonces se vieron obligados a retirar sus partidos de la contienda comicial. La dirección política de la mayoria de los partidos manipuló grotescamente esta decisión de los venezolanos al achacarles la responsabilidad de haber facilitado que el gobierno chavista se hiciera de la totalidad de la Asamblea, sin participación alguna por parte de la oposición. "La culpa la tienen los abstencionistas" fue la consigna unánime de un dominante sector de pseudo oposición irresponsable, que entonces cuidaba más sus propios "espacios" --léase aspiraciones políticas y pecunarias-- que la salud de la Patria. La verdad era que el país todo (más del 90% de los electores) esperaba que los partidos desconocieran esa elección cuyos votos válidos apenas estuvieron en el orden del 5 o 6 por ciento y luchara para anular el írrito proceso. Pero esa reacción no tuvo lugar por carencia de voluntad y de coraje de tal sector de aquella dirigencia.
Desde entonces, los venezolanos hemos acudido, cual borregos, a procesos electorales cada vez más "perfeccionados" en sus procesos y mecanismos fraudulentos [fraudes manuales, electrónicos de todo tipo, REP alterado en el que, como en el presente, supuestamente votan personas que han superado los 110 años, votación múltiple de muchas personas "multiceduladas" que acudían a mesas electorales llamadas "express" ubicadas en áreas aisladas de Estados fronterizos de la República para votar repetidas veces cada una por las listas del gobierno, etc., etc]. Estas personas, eran siempre orientadas por una mayoria de funcionarios oficialistas obedientes sólo a la voluntad de su Jefe Único. No es una afirmación irresponsable y hecha en el vacío. Consúltense los numerosos análisis y documentos producidos por grupos de profesores y científicos de principales Universidades, los cuales demuestran incontestablemente el alcance de estos sistemáticos fraudes; consúltese también Esdata, que circula en las redes de Internet, que contiene mucha y muy veraz información al respecto.
SITUACIÓN ACTUAL.
Pese al descarado ventajismo y al sistemático recurso a fraudes que la mayoria de los partidos opositores ha ignorado deliberadamente, son tales el desprestigio del gobierno, la ruina general del país y el rechazo que incluso al interior del oficialismo genera su voluntad de comunizar al páis, así como la inquebrantable voluntad libertaria de los venezolanos de todo sector social y nivel económico, que el gobierno está muy consciente de que, si se produce una concurrencia masiva al acto electoral de setiembre, la magnitud de su derrota será apabullante e inocultable pese a todos los fraudes, trampas y artimañas que pueda utilizar este gobierno. Además, la más alta dirección oficialista teme que, ante la fraudulenta proclamación de su "victoria" la reacción popular pueda ser muy violenta, se altere radicalmente el orden público y el sector militar intervenga para obligarle --como ocurrió en diciembre de 2007-- a aceptar la derrota.
Por eso mismo, ante esa muy probable eventualidad, el gobierno --léase su Jefe-- parece que ha decidido el "suicidio" de la Asamblea Nacional, para dar paso a lo que vienen llamando "Congreso Comunal" cuyos integrantes son decididos por el dedo mágico del Jefe Único. Circula en Internet un reciente video que considero es de la mayor importancia, por cuanto el tema se planteó recientemente en el programa "La Hojilla", del canal del Estado, en un diálogo breve pero sustantivo entre el conductor de dicho programa y el diputado oficialista Carlos Escarrá, inidiscutido como lider constitucionalista del oficialismo. Obsérvese bien en el referido video cómo Carlos Escarra asiente y acepta lo que, no sin temorosas vacilaciones y con mucho cuidado, afirma el conductor de ese programa. El video termina ilustrándonos con el ejemplo, tomado al caso, de la cercenación de libertad constitucional de circular por el país y, aún entre municipios. Hecho que no sería inédito de Venezuela, pues es de otras realidades que, como la cubana, han sido sometidas al poder del demonio comunista.
La primera grande y fundamental respuesta democrática de los venezolanos ha de ser concurrir masivamente al acto electoral de setiembre, si este llegare a realizarse. Ese será el comienzo de nuestra recuperación democrática y de la reconquista de nuestras ahora conculcadas libertades.
ANTECEDENTES.
Desde hace algún tiempo, venezolanos serios y valerosos han estado alertando sobre la respuesta que daría el gobierno frente al evidente hecho de una apabullante derrota electoral en setiembre próximo, la que le despojaría del principal poder público para instalar el comunismo entre nosotros: la Asamblea Nacional. Todos sabemos perfectamente bien que, después del referendo inconstitucional que fue aceptado por los extintos Congreso Nacional y Corte Suprema de Justicia en 1999, el cual, insólitamente realizado sin tener un quorum mínimo de electores, alcanzó apenas una participación del orden del 30%. Todos los posteriores procesos electorales realizados en Venezuela estuvieron siempre signados por el fraude, cuyo "perfeccionamiento" se fue desarrollando de manera progresiva ante la ocurrencia de cada nueva elección.
En diciembre del 2005, cuando se presentó la ocasión constitucional de elegir la nueva Asamblea Nacional, actualmente en ejercicio de sus funciones, el país --es decir, la casi totalidad de los venezolanos electores-- decidió abstenerse de votar. Esa decisión, rechazada por todos los partidos políticos, fue IMPUESTA a éstos por el electorado, de manera que la mayoria de sus dirigentes opositores de entonces se vieron obligados a retirar sus partidos de la contienda comicial. La dirección política de la mayoria de los partidos manipuló grotescamente esta decisión de los venezolanos al achacarles la responsabilidad de haber facilitado que el gobierno chavista se hiciera de la totalidad de la Asamblea, sin participación alguna por parte de la oposición. "La culpa la tienen los abstencionistas" fue la consigna unánime de un dominante sector de pseudo oposición irresponsable, que entonces cuidaba más sus propios "espacios" --léase aspiraciones políticas y pecunarias-- que la salud de la Patria. La verdad era que el país todo (más del 90% de los electores) esperaba que los partidos desconocieran esa elección cuyos votos válidos apenas estuvieron en el orden del 5 o 6 por ciento y luchara para anular el írrito proceso. Pero esa reacción no tuvo lugar por carencia de voluntad y de coraje de tal sector de aquella dirigencia.
Desde entonces, los venezolanos hemos acudido, cual borregos, a procesos electorales cada vez más "perfeccionados" en sus procesos y mecanismos fraudulentos [fraudes manuales, electrónicos de todo tipo, REP alterado en el que, como en el presente, supuestamente votan personas que han superado los 110 años, votación múltiple de muchas personas "multiceduladas" que acudían a mesas electorales llamadas "express" ubicadas en áreas aisladas de Estados fronterizos de la República para votar repetidas veces cada una por las listas del gobierno, etc., etc]. Estas personas, eran siempre orientadas por una mayoria de funcionarios oficialistas obedientes sólo a la voluntad de su Jefe Único. No es una afirmación irresponsable y hecha en el vacío. Consúltense los numerosos análisis y documentos producidos por grupos de profesores y científicos de principales Universidades, los cuales demuestran incontestablemente el alcance de estos sistemáticos fraudes; consúltese también Esdata, que circula en las redes de Internet, que contiene mucha y muy veraz información al respecto.
SITUACIÓN ACTUAL.
Pese al descarado ventajismo y al sistemático recurso a fraudes que la mayoria de los partidos opositores ha ignorado deliberadamente, son tales el desprestigio del gobierno, la ruina general del país y el rechazo que incluso al interior del oficialismo genera su voluntad de comunizar al páis, así como la inquebrantable voluntad libertaria de los venezolanos de todo sector social y nivel económico, que el gobierno está muy consciente de que, si se produce una concurrencia masiva al acto electoral de setiembre, la magnitud de su derrota será apabullante e inocultable pese a todos los fraudes, trampas y artimañas que pueda utilizar este gobierno. Además, la más alta dirección oficialista teme que, ante la fraudulenta proclamación de su "victoria" la reacción popular pueda ser muy violenta, se altere radicalmente el orden público y el sector militar intervenga para obligarle --como ocurrió en diciembre de 2007-- a aceptar la derrota.
Por eso mismo, ante esa muy probable eventualidad, el gobierno --léase su Jefe-- parece que ha decidido el "suicidio" de la Asamblea Nacional, para dar paso a lo que vienen llamando "Congreso Comunal" cuyos integrantes son decididos por el dedo mágico del Jefe Único. Circula en Internet un reciente video que considero es de la mayor importancia, por cuanto el tema se planteó recientemente en el programa "La Hojilla", del canal del Estado, en un diálogo breve pero sustantivo entre el conductor de dicho programa y el diputado oficialista Carlos Escarrá, inidiscutido como lider constitucionalista del oficialismo. Obsérvese bien en el referido video cómo Carlos Escarra asiente y acepta lo que, no sin temorosas vacilaciones y con mucho cuidado, afirma el conductor de ese programa. El video termina ilustrándonos con el ejemplo, tomado al caso, de la cercenación de libertad constitucional de circular por el país y, aún entre municipios. Hecho que no sería inédito de Venezuela, pues es de otras realidades que, como la cubana, han sido sometidas al poder del demonio comunista.
La primera grande y fundamental respuesta democrática de los venezolanos ha de ser concurrir masivamente al acto electoral de setiembre, si este llegare a realizarse. Ese será el comienzo de nuestra recuperación democrática y de la reconquista de nuestras ahora conculcadas libertades.
martes, abril 06, 2010
PERO NO PREVALECERÁN
La guerra constante que a lo largo de sus más de dos siglos ha asediado todos los predios de la Iglesia instituida por Jesucristo la noche del Jueves Santo, con nuevas armas pero viejos argumentos, en estos tiempos se renueva en la irrenunciable aspiración de destruirla. No es, pues, nada nuevo. En su fundamental obra “Ortodoxia”, ese gigante físico, intelectual y moral del cristianismo, nacido el 29 de mayo de 1874 en Kensington, que fue Gilbert Keith (G.K.) Chesterton decía que, en tiempos cuando estaba descentrado y en afanosa búsqueda, le intrigaban mucho –por sus ambivalencias- las acusaciones que se hacían al cristianismo y a la Iglesia Católica y que la parecía inconsistentes, pues lo cristiano no podía ser, al mismo tiempo “la máscara negra de un mundo blanco y, también, la máscara blanca de un mundo negro”.
En efecto, Chesterton señalaba que grandes y muy viriles escépticos del siglo XIX, como Huxley y Bradlaugh, en una página de su Manual Agnóstico acusaban al cristianismo de ser un “algo tímido, monástico y poco viril”, pues pretendía que los hombres fuesen como ovejas pero, al pasar a la siguiente página, había encontrado que debía odiarlo y no porque no luchaba, “sino por su lucha excesiva”, por la que era “matriz de todas las guerras e inundaba el mundo de sangre”. De esta forma, Eduardo el Confesor resultaba culpable porque no quiso luchar, pero Ricardo Corazón de León lo era por ser feroz luchador. Los mismos quienes censuraban al cristianismo “por su blandura y no resistencia, también lo hacían por la violencia y valor de las Cruzadas”. Y observaba Chesterton cómo la misma contradicción pero con diferentes factores ha venido colmando la historia de la Iglesia Católica a lo largo de sus dos siglos de existencia. ¿Qué era -se preguntaba G.K.- ese cristianismo que siempre prohibía las guerras y siempre las producía? Nuestro autor se extiende al señalar numerosos ejemplos, como aquél en el que se afirmaba que había que “confiar en la ética de Epíteto porque la Ética nunca cambia”, pero se señalaba que “no se debía confiar en la ética de Bossuet pues la Ética había cambiado.” Tomemos, sin embargo, uno como último pues concierne al tema que hemos propuesto. Recuerda Chesterton que el grande y pero crimen del cristianismo era su ataque contra la familia pues, para unos escépticos, “arrastraba a las mujeres a la soledad y a la contemplación del claustro” y hacía que abandonaran la familia y la procreación, pero para otros “avanzados” el crimen era que, obligadas al matrimonio condenaba a las mujeres a la esclavitud de la casa, los hijos y la familia.
En estos tiempos presentes, los escépticos de la actualidad han logrado descubrir el nuevo crimen de la Iglesia: ¡el celibato! Hay que decir como Arquímedes ¡Eureka! No sabíamos los mortales ignaros que los aspirantes a seguir el sacerdocio eran secuestrados (¿Por quienes? ¿Acaso los curas?) en oscuridades de calles de lejanos pueblos; ingenuamente pensábamos que, los aspirantes a consagrarse al servicio de Cristo, entraban a los seminarios según sus propias razón y voluntades. Entonces, por supuesto, la solución será ¡suprimir el celibato por ser el culpable de la pederastia!
¡Magnífico!
Lo que no tomaron en cuenta es la contundencia de las estadísticas. Hay mucha circulando por Internet. Dichas estadísticas demuestran: a) Que entre las confesiones religiosas, aquella que teniendo pederastas, es la Católica la Iglesia que registra el menor número. Las que mayor número de casos presentan, no tienen el celibato. Eso no es para celebrarlo. Todo lo contrario; b) que el mayor número de casos de pederastia no se presenta en ninguna confesión religiosa, sino en las familias.
El problema no es el celibato, ni la fe que siga una determinada Iglesia. El problema es la formidable crisis de valores; el relativismo según el cual cada persona se rige por su verdad, pues no hay verdades universales; no hay conciencia verdadera sino voluntarismo absoluto; el problema es el egocentrismo sin límites; el problema es la voluntad de dominio que se sobrepone a la voluntad de amor; el problema es el inagotable apetito de más tener y el absoluto olvido del más ser; el problema es la total ausencia de trascendencia de la vida humana que, irremediablemente, ha de enfrentar la realidad de la muerte; el problema es el vacío existencial de la persona humana que se ha auto designado como alfa y omega de la Creación.
En efecto, Chesterton señalaba que grandes y muy viriles escépticos del siglo XIX, como Huxley y Bradlaugh, en una página de su Manual Agnóstico acusaban al cristianismo de ser un “algo tímido, monástico y poco viril”, pues pretendía que los hombres fuesen como ovejas pero, al pasar a la siguiente página, había encontrado que debía odiarlo y no porque no luchaba, “sino por su lucha excesiva”, por la que era “matriz de todas las guerras e inundaba el mundo de sangre”. De esta forma, Eduardo el Confesor resultaba culpable porque no quiso luchar, pero Ricardo Corazón de León lo era por ser feroz luchador. Los mismos quienes censuraban al cristianismo “por su blandura y no resistencia, también lo hacían por la violencia y valor de las Cruzadas”. Y observaba Chesterton cómo la misma contradicción pero con diferentes factores ha venido colmando la historia de la Iglesia Católica a lo largo de sus dos siglos de existencia. ¿Qué era -se preguntaba G.K.- ese cristianismo que siempre prohibía las guerras y siempre las producía? Nuestro autor se extiende al señalar numerosos ejemplos, como aquél en el que se afirmaba que había que “confiar en la ética de Epíteto porque la Ética nunca cambia”, pero se señalaba que “no se debía confiar en la ética de Bossuet pues la Ética había cambiado.” Tomemos, sin embargo, uno como último pues concierne al tema que hemos propuesto. Recuerda Chesterton que el grande y pero crimen del cristianismo era su ataque contra la familia pues, para unos escépticos, “arrastraba a las mujeres a la soledad y a la contemplación del claustro” y hacía que abandonaran la familia y la procreación, pero para otros “avanzados” el crimen era que, obligadas al matrimonio condenaba a las mujeres a la esclavitud de la casa, los hijos y la familia.
En estos tiempos presentes, los escépticos de la actualidad han logrado descubrir el nuevo crimen de la Iglesia: ¡el celibato! Hay que decir como Arquímedes ¡Eureka! No sabíamos los mortales ignaros que los aspirantes a seguir el sacerdocio eran secuestrados (¿Por quienes? ¿Acaso los curas?) en oscuridades de calles de lejanos pueblos; ingenuamente pensábamos que, los aspirantes a consagrarse al servicio de Cristo, entraban a los seminarios según sus propias razón y voluntades. Entonces, por supuesto, la solución será ¡suprimir el celibato por ser el culpable de la pederastia!
¡Magnífico!
Lo que no tomaron en cuenta es la contundencia de las estadísticas. Hay mucha circulando por Internet. Dichas estadísticas demuestran: a) Que entre las confesiones religiosas, aquella que teniendo pederastas, es la Católica la Iglesia que registra el menor número. Las que mayor número de casos presentan, no tienen el celibato. Eso no es para celebrarlo. Todo lo contrario; b) que el mayor número de casos de pederastia no se presenta en ninguna confesión religiosa, sino en las familias.
El problema no es el celibato, ni la fe que siga una determinada Iglesia. El problema es la formidable crisis de valores; el relativismo según el cual cada persona se rige por su verdad, pues no hay verdades universales; no hay conciencia verdadera sino voluntarismo absoluto; el problema es el egocentrismo sin límites; el problema es la voluntad de dominio que se sobrepone a la voluntad de amor; el problema es el inagotable apetito de más tener y el absoluto olvido del más ser; el problema es la total ausencia de trascendencia de la vida humana que, irremediablemente, ha de enfrentar la realidad de la muerte; el problema es el vacío existencial de la persona humana que se ha auto designado como alfa y omega de la Creación.

